Agustín Zbar se perfeccionó como profesional del Derecho en una de las instituciones más destacadas de la especialidad, la Harvard Law School, en los años 1988-1989, a continuación, como una de las postales que jalonan la vida de quienes han estado ocupando cargos de responsabilidad en la comunidad judía de la Argentina, transcribimos sobre su paso por las aulas de esa alta casa de estudios.

Cuando cursaba mis estudios de abogacía en la UBA, estudiar en Harvard no era para mí una aspiración, no entraba en mi horizonte, no la imaginaba. Nunca pensé que llegaría a estar vinculado a ese mundo, ni mucho menos pertenecer a su comunidad académica. Cuando Ilegué a estar allí sentí tocar el cielo con las manos, aunque más no fuera de manera inefablemente marginal, porque mi mundo no estaba ahí arriba sino en mi ciudad, allá abajo.
Sin embargo hice todo lo que pude para encontrar el mejor Iugar posible desde el cual aprovechar esa aventura de inspiración constante, descubrimiento personal y encuentros con hombres notables. Obama fue uno de ellos pero también los profesores Mangabeira Unger (con quien luego fui a trabajar en una campaña política en Brasil), Alan Dershowitz (que me sacudió con su enérgico compromiso público con Israel) y mi brillante profesor de derecho constitucional Frank Michelman. Construí una hermosa amistad con el ecuatoriano Mauricio Montalvo (hasta hace unos meses canciller del Ecuador del presidente Lazo) y con Marc Richter z I un compañero suizo que en los Iamim Noraim me llevó de la mano a descubrir el mundo judío dentro de la universidad. Fue en Harvard adonde finalmente descubrí que mi búsqueda espiritual estaba únicamente en el judaísmo.
Luego de que Barak Obama fuera electo presidente, Laurence Tribe (famoso profesor de derecho constitucional de Harvard) dijo: «Por primera vez llegó el mejor de todos nosotros». Obama había sido su alumno, ayudante de cátedra y además dirigía el Harvard Law Review. Fue el primer estudiante afro-americano que presidió esa revista, una de las mejores del país, editada exclusivamente por estudiantes. Brillante y carismático, ya era reconocido entre sus pares de facultad. Sin dudas tenía futuro. Allí lo empecé a mirar y luego lo seguí en su rápida carrera política ascendente. Cuando fue elegido presidente los Estados Unidos, Carlos Pagni escribió en su columna de La Nación que me había encontrado en aquellos claustros con él. Aunque es cierto que me tocó estar ahí, ese inmerecido y exagerado comentario, me regaló un halo mítico y una invitación a presenciar la ceremonia de entrega del mando en la Embajada estadounidense de Buenos Aires. Aún admiro a Obama, aunque su política hacia Medio Oriente haya sido tan errada.
En estas universidades estudian quienes han pasado un riguroso proceso de selección por un comité secreto que busca candidatos que habiendo demostrado ser muy buenos estudiantes también son especiales, diferentes, en el sentido de que llegarán a destacarse profesionalmente en el futuro. Muchos lo demuestran desde el mismo momento de empezar, como fue el caso del ex presidente Barak Obama, a otros les toma años de carrera. Un alto porcentaje de casos muestra el acierto de esas elecciones, que refuerzan el prestigio del Iugar.
Es que lo más importante para una buena casa de estudios es elegir bien a los estudiantes, antes que a los profesores. Por eso, quienes llegan a Harvard saben que además de llevarse un título mundialmente relevante tienen la oportunidad de conocer a quienes les abrirán perspectivas diferentes en la vida: hay que abrir los ojos para descubrir con quien relacionarse, para aprender de todos y construir futuro.
Tardé algún tiempo en entender que de verdad estaba ahí, y que mis orígenes en una típica familia judía de clase media provinciana, mi trayectoria política en un país poco relevante de América Latina podía capitalizarse en esa elite, la Ivy League. Yo no era el único caso raro, y me convencí de que por algo había llegado: ambición innata, chutzpá genética y el empuje de algunos amigos en caminos similares (como Carlos Rosenkrantz que ya estaba en Yale University) me lanzaron a la conquista de una carrera personal.
Casi todos los alumnos de los programas de LLM (Magister) en las universidades estadounidenses son extranjeros, y los de habla inglesa sacan de arranque un cuerpo de ventaja por la facilidad idiomática. El interés por la gente de origen no anglosajón depende inicialmente de la región de procedencia: primero los europeos (excepto los españoles), asiáticos (chinos japoneses y coreanos superdotados), africanos (gente muy interesante por sus culturas fascinantes y por provenir de familias de tribus gobernantes y otros notables) y a la cola los hispanos, que en mi época generalmente llegaban de familias de la oligarquía española o mexicana o desde los grandes estudios jurídicos de la región. Yo era allí una rara avis: es cierto que me había graduado con buenas notas, pero sin dudas me admitieron porque presenté un sólido curriculum de experiencia política militante en la primavera democrática Argentina, y por haber sido alumno y trabajado junto al profesor Carlos Nino, mi primer mentor. Además ayudaron mucho las tres cartas que enviaron: Raúl Alfonsín, Suarez Lastra y Gil Lavedra.

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