Hoy, 1.º de septiembre, recordamos el comienzo de una nueva época oscura para los judíos y para el mundo.
En 1939, la invasión de Polonia abrió las puertas a una guerra que cambiaría para siempre la historia de la humanidad. Para millones de judíos significó persecución, desarraigo, separación de sus familias, guetos, campos de concentración y, finalmente, el intento de exterminar a todo un pueblo.
Pero cuando recordamos aquella fecha, no debemos hacerlo solamente para mirar hacia atrás.
Debemos recordar para comprender hasta dónde puede llegar el odio cuando se lo niega, cuando se lo minimiza y cuando el silencio se vuelve cómplice.
Detrás de cada número hubo una persona. Un nombre. Una familia. Una infancia. Sueños que quedaron interrumpidos. Y también hubo quienes sobrevivieron, llevando durante toda su vida las voces de aquellos que ya no podían hablar.
Por eso, recordar es mucho más que no olvidar.
Recordar es asumir una responsabilidad.
La responsabilidad de enseñar.
De transmitir.
De no permanecer indiferentes frente al antisemitismo, el racismo y cualquier forma de odio.
Y de defender siempre la dignidad y la vida humana.
Hoy, 87 años después, el mundo sigue necesitando memoria.
Porque la memoria no cambia el pasado, pero puede cambiar nuestro modo de enfrentar el presente y, quizás, nuestro futuro.
Que nunca dejemos de recordar.
Que nunca dejemos de hablar.
Que nunca dejemos que el silencio vuelva a ser cómplice.