Hospital Israelita

Luego de ser uno de los mejores del país y de atender a miles de personas día tras día, actualmente el Hospital Israelita ha recibido golpes muy duros por parte de sectores políticos y sociales. Esta es una historia de un abandono…. En el año 1916 fue se crearon dos instituciones hospitalarias que adquirirían enorme prestigio a lo largo de varias décadas, con profesionales de primera línea y atendiendo a cientos de miles de concurrentes: la Liga Israelita contra la Tuberculosis y el Hospital Israelita “Ezrah”. En este último, además, se formaron cientos de médicos.

El Hospital Israelita fue sostenido por la Sociedad de Beneficencia Ezrah. Era una institución privada sin fines de lucro que atendía tanto a indigentes como a quienes podían solventar su tratamiento. Las operaciones se practicaban en una única zona de quirófanos y todos los enfermos utilizaban los mismos servicios centrales de diagnóstico. Menos de la mitad de los facultativos lograban acceder a un sueldo tras muchos años de trabajo no remunerado.

El Hospital Israelita se constituyó en un emblema histórico en Buenos Aires, por ser uno de los hospitales más prestigioso y concurrido de la ciudad.

Durante años recibió donaciones para mantener sus instalaciones con capacidad para 400 camas y cubrir todos los servicios, además del funcionamiento de una escuela de enfermería.

Tres cuartos de una manzana. Siete pisos de alto. Un verdadero monstruo de cemento. Adentro de sus pasillos ahora hay silencio. Se escucha de fondo el ruido de las ruedas que pasan por Nazca o por Gaona, pero nada más. Todo está oscuro. Por esos rincones, hace ya varios años, pasaron personalidades como el brillante científico Albert Einstein, o los destacados médicos Jonas Salk y Albert Sabin. En el sector de Kinesiología se llegó a atender Diego Armando Maradona. En uno de sus pasillos se filmó una parte de El Secreto de sus Ojos. Uno pensaría, entonces, que un lugar que tuvo premios Nobel, campeones del Mundo y hasta participación en un Óscar, deneria ser cuidado como patrimonio histórico.

Auge y quiebra:
El Hospital Israelita “Ezra” fue inaugurado en el año 1916 en la Argentina, en la misma dirección de hoy en Nazca entre Gaona y Luis Viale. La iniciativa surgió de un grupo de inmigrantes judíos de la Sociedad de Beneficencia del mismo nombre que el Hospital. Tenía como objetivo darle un espacio de salud propio a los cientos de judíos que llegaban al país, principalmente buscando refugio de la Rusia zarista.

Rápidamente comenzó a crecer, al punto de que, en la década del cuarenta llegó a atender aproximadamente tres mil personas por día. Durante todo el siglo XX, el Israelita tomó cada vez más importancia y se transformó en un ícono de la salud de toda la Ciudad. En la década del 70 no se podía caminar por los pasillos, había 150 personas esperando el turno en cada sector, con 130 internados. De noche siempre estaban todas las luces prendidas.

Jonas Salk y Albert Sabin, históricos investigadores de la vacuna contra la Poliomielitis, pasaron por el Hospital. Cuando Sabin estuvo allí dijo: “el cáncer será curado y está siendo curado, pero hay un cáncer de la que nunca podrá curarse la humanidad, que es el de las guerras y las muertes”.

El Hospital llegó a ser uno de los mejores del mundo en algunas disciplinas médicas como por ejemplo, en Dermatología, con el protagonismo estelar del Dr. Aaron Kaminsky, una eminencia mundial. Llegó a atender en el Hospital, entre otros, al ex presidente Juan Domingo Perón.

El sanatorio tuvo 1300 trabajadores y su crecimiento parecía imparable. Pero la historia no terminó ahí.

Quiebra y cooperativa:
C
on la crisis de los años 90 se empezó a venir abajo el Hospital. La recesión económica fue llevando al Israelita a la debacle, al punto de que en el año 2001 entró en concurso preventivo de crisis y, en noviembre de 2003, declaró la quiebra y dejó de pagarles el sueldo a sus trabajadores.

Los empleados dicen que fue una quiebra fraudulenta y colocan la responsabilidad principal en los dirigentes de “la Colectividad” y sus entidades principales, como la AMIA y la DAIA. Relacionan, a su vez, la debacle del Hospital con la situación del Banco Mayo de Rubén Beraja.

Los trabajadores, sin embargo, decidieron no quedarse con los brazos cruzados y, junto al Movimiento Nacional de Empresas Recuperadas, se empezaron a mover. Tomaron el Hospital, cortaron la calle y se movilizaron. Finalmente, el juez en lo comercial Atilio González, del juzgado N°7, decidió, el 5 de noviembre de 2004, que los trabajadores podían administrar el Hospital, y formaron la Cooperativa de Trabajo Hospital Israelita Limitada.

El hospital empezó a funcionar bajo “autogestión”, en palabras propias de Paulino, con las dificultades lógicas de ya no tener un sueldo fijo sino administrar los recursos y repartir las ganancias. Parecía un buen método y, no sin dificultades, la cosa marchaba bien.

El golpe, ¿Final?
El gobierno de la Ciudad de Buenos Aires hizo aprobar, en diciembre de 2017, en la Legislatura porteña la desafectación para posterior venta del inmueble del terreno en el que está el hospital. La excusa es que, como nunca hubo una sesión permanente sino “temporaria” de los terrenos a la cooperativa, ahora el gobierno puede recibir un juicio en su contra de antiguos dueños.

El gobierno desalojó, para terminar de preparar el vaciamiento del Israelita, a los internados del PAMI, que hasta el año pasado llegaban a 150 personas. Hoy no queda casi ningún internado en el lugar.

Un castillo abandonado:
La gente dice ´Paso de noche y veo todo eso escuro y me da mucha pena. Parece un castillo abandonado´”. Los pasillos del Hospital están vacíos. A veces algunas luces titilan. Solamente se escuchan los pasos de pocos. En la sala central, hay una máquina expendedora de gaseosas de las primeras en el país, que dice “Drinks”. “Se la deben haber olvidado cuando se llevaron todo”, dice, con tristeza uno de los empleados.

Hay una puerta de vidrio que dice “Restaurante”, que no se abre desde hace más de medio año. Hay pisos que llevan a un ex salón de actos que está cerrado con llave y la llave no está. En las escaleras hay excremento y cucarachas muertas. Esa ala no se usa hacer rato.

En algunas paredes, quedan olvidadas en la oscuridad las placas de la gente que el Hospital quiere reconocer. Desde la avenida Gaona, se ve un monstruo gigante que espera en silencio. Las rejas negras, el pastizal sin cortar hace rato y las paredes despintadas hacen una combinación perfecta con la tarde nublada.

Guillermo Borger, ex presidente de AMIA (Asociación Mutual Israelita Argentina).

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