POR DAVID IGDAL DESDE JERUSALEM

Tal como muchos lo anticipamos, esta quinta elección israelí en menos de tres años no fue «una más». El gobierno que surgirá de la 25° Knésset seguramente moverá el tablero local, regional y tendrá una relevancia internacional digna de atención.
Repasemos los datos; en primer lugar, al contrario de lo que se percibió en la elección del 2021/2022, no hubo apatía, sino un aumento de la participación: votó (sin obligación legal) el 71,3%, con una notoria disminución de la concurrencia de los ciudadanos árabes israelíes, a pesar (o tal vez a causa) del protagonismo que tuvo en la última Knésset el partido árabe que sostuvo al gobierno que termina. Los representantes de partidos árabes cayeron en total de 10 a 5 escaños.


El Likud mantuvo aproximadamente intacto su caudal electoral , al igual que los partidos religiosos (Shas y Gimel o Agudat Israel). La novedad fue el crecimiento de la opción Datí-Leumí (14 bancas contra 7 actuales) que corre por la derecha del Likud, como consecuencia la coalición gobernante contará con una mayoría holgada de 65 escaños y la consolidación de Yair Lapid (24 escaños) con un crecimiento que lo afianza como futuro líder de la oposición desde la centro izquierda. La supervivencia de su alianza con Benny Gantz y su grupo (12 diputados) se verá paso a paso, caso por caso.


Yamina, el partido fundado por Naftalí Bennett, figura ausente en esta campaña electoral, ahora es liderado por la joven promesa Ayelet Shaked que resultó una temprana frustración. A pesar de un importante despliegue de recursos y una intensa presencia de la candidata en la campaña electoral logró poco más de 80.000 votos, muy lejos del piso, y quedó afuera del juego. Las deslealtades por haber integrado el bloque opositor a Netanyahu, en la anterior elección, cuando gran parte de sus votantes provenían de la centro derecha, se pagan muy caro en política, más para quienes corren desde atrás.
Netanyahu demostró ser tremendamente eficaz como líder opositor y pudo, prontamente, demoler a la incoherente coalición que le arrebató el poder hace poco más de un año. Con notoria torpeza política, especialmente de Bennett, Gantz y la izquierda, los adversarios de “Bibi”, sin otro proyecto que el rencor, generaron las condiciones ideales para un triunfo histórico de la derecha y la ultraderecha.
Los palestinos de Hamás deben estar satisfechos con el resultado. La violencia terrorista se hizo cotidiana e imparable durante todo el mandato anterior, a pesar o a causa de la integración de árabes en la coalición gobernante y de los recursos asignados a esa población. Imprevisible por su aparente falta de referencias superiores, los ataques terroristas se extendieron por todo el país y han sido especialmente desafiantes para la seguridad de los israelíes que habitan en la zona este de Jerusalem y en Yehuda y Shomron. En estos territorios, el gobierno saliente -que necesitaba del partido árabe para conservar la mayoría- favoreció a los palestinos en desmedro de la mayoritaria población judía, que cuenta con una importante cantidad de noveles cuadros militares y activistas sionistas religiosos que residen allí, prosperan económicamente y agrandan sus familias.
Muchos de estos jóvenes sionistas religiosos se sumaron con gran fervor a la campaña nacionalista de la alianza de Ben Gvir y Benzalel Smotrich; expresando un contagioso idealismo renovado muchos voluntarios militaron en las calles de las ciudades una campaña electoral potente y genuina en apoyo de una visión: la cultura judía israelí tradicional, sionista y el apoyo a una política dura de seguridad. Piden un estado marcadamente judío, rechazan la creación de un estado palestino y exigen la integración plena de Yehuda y Shomron a Israel con el apoyo de infraestructura de transporte, salud, educación y la aprobación de permisos de construcción de nuevas viviendas.
Esta mística inspirada en valores ancestrales, expresados de manera actual muy desafiante a lo «políticamente correcto» del post-modernismo progresista ha capturado notoriamente la mentalidad de una porción no menor de la generación Z israelí (1997-2012) y de los millennials (1983-1993) en todo el país.
Todo lo contario sucedió en la izquierda. Avodá parecía un sindicato anticuado, ahora liderado no por trabajadores o brillantes intelectuales askenazíes sino por señoras que hablaban con leguaje inclusivo sobre temas que a casi nadie le importan y hombres mayores de pelo largo, muy nostálgicos de un Israel y un mundo que desde hace años viene cambiando.

Con Meretz, un conglomerado de izquierdistas unidos a algunos excomunistas judíos y árabes que perdieron la brújula de la historia, pasó algo similar. Sostener el discurso sobre las editoriales y/o notas de opinión de medios “progresistas”, judíos y no judíos, o agradar a la prensa extranjera no trae votos nuevos. Sin embargo resta muchos apoyos no entender que no es posible seguir justificando la violencia de los líderes palestinos y condenar el accionar de las fuerzas de seguridad del Estado sin pagar un alto precio político por ello.

Meretz, sin ninguna presencia juvenil, inserción social relevante ni militancia en las calles, por primera vez en la historia quedó afuera del Parlamento israelí al no haber logrado el mínimo de votos necesario para formar una bancada o bloque político. El poder desgasta mucho, especialmente a quienes lo pierden.
El pueblo israelí eligió, por una mayoría ajustada pero compacta, el gobierno más a la derecha desde la creación del Estado, no en lo económico o social (que tuvo muy poca variación en los últimos años) sino en lo simbólico de su discurso, cargado de un sionismo renovado de valores y defensa de la ampliación del territorio nacional sostenido en medidas enérgicas de defensa hacia todo desafío al orden y la seguridad interna. Sostener el debate en el mundo y apoyarlo desde la diáspora, no será sencillo. Lo que viene no será fácil, pero Israel no le teme a la opinión pública internacional, ha aprendido duras lecciones de la historia.


Sin dudas la alianza de gobierno que formará Netanyahu enfrentará el embate de mucha prensa internacional, de sectores demócratas y liberales de la comunidad judía estadounidense, de la socialdemocracia europea y de cierta izquierda retrógrada Latinoamérica, generalmente pro-palestina. De hecho, ya está recibiendo el ataque por anticipado de judíos influyentes en los EEUU (como Thomas Friedman «https://www.clarin.com/new-york-times-international-weekly/israel-conociamos-ido_0_3L6jq8ZPBM.html«). La visita del presidente Herzog a Biden, días antes de la elección, logró dilatar una reacción del principal aliado. Recordemos que el presidente de los Estados Unidos visitó Israel justo antes del comienzo de la campaña, para dar una mano a Lapid, con quien acordaron la firma del negocio de extracción de gas en la frontera marítima con Líbano. Veremos cuál será la reacción oficial del imperio americano luego de presentado el gabinete y cómo se pone en acto la habilidad de “Bibi” en el manejo de las relaciones exteriores pues, como dijo el Rey Shlomo, todo pasa.

Termino de escribir estas líneas, en el Estado de Israel, agradeciendo un hermoso día de otoño antes del pronto comienzo de las lluvias y el invierno. Sentado en el cuidado césped del jardín de las rosas donado por el filántropo inglés, Maurice Whol, de frente al moderno y concreto edificio de la Knésset, pienso sobre la repercusión mundial que tiene la política en Israel y lo poco que eso importa en la elección soberana del pueblo israelí al momento de votar. La cuenta sobre dónde están los verdaderos amigos y adónde están todos los demás la haremos más adelante, pero seguramente no cambiará demasiado la historia. Todo pasa.

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