Desde Israel especialmente para Revista La Luz.

Por David Igdal

El 1 de noviembre algo más de 6.5 millones de israelíes, judíos y árabes, podrán concurrir a votar a los nuevos 120 miembros del parlamento (Knésset) que a su vez designarán al nuevo primer ministro y su gabinete. La elección debió ser convocada a partir de que el parlamento no pudo sostener la mayoría de 61 escaños que lograron nueve partidos en 2021, luego de cuatro elecciones consecutivas celebradas durante los últimos dos años tras los reiterados mandatos logrados durante 13 años por Benjamín “Bibi” Netanyahu.

La coalición que termina en pocos días pudo lograr su escueta mayoría mediante un gobierno sostenido por fracciones políticas extremadamente diversas, desde sectores moderados de derecha (Benet y otros), el centro o centro izquierda (Lapid) y lo que aún queda de toda izquierda (incluso los ex comunistas de Meretz) y hasta parlamentarios árabes. Una frágil alianza sin líder ni rumbo para un país que reclama jefaturas claras y hace más de una década se ha movido notablemente hacia la derecha. Salvo agradar a los demócratas de los Estados Unidos y acariciar el poder tanto tiempo anhelado, el acuerdo Benet-Lapid y otros no parece haber dejado impronta alguna durante su brevísima estadía en la conducción del Estado.

En realidad, el impulso que unió a esa coalición tuvo como motor el rechazo, la exclusión y hasta el odio a Netanyahu, además de algunos oportunismos sin futuro. Netanyahu permaneció en la Knésset como líder de una oposición fuerte y lúcida, mientras se defendía en los tribunales de las imputaciones por corrupción que se iniciaron en su contra durante los últimos años de sus mandatos.
Hoy, ante el fracaso de la alianza formada en su contra, ״Bibi״ se afirmó en la jefatura del histórico partido Likud y se proyecta a futuro como líder de una muy posible coalición de partidos de derecha que lo llevaría nuevamente al poder por cuatro años. Como en las últimas campañas electorales, la discusión, otra vez, gira alrededor de ״Bibi sí, Bibi no״, pero, también, hay varios ejes políticos sustanciales que están presentes en el debate.

En efecto, aunque las campañas se encuentran fuertemente marcadas por los perfiles personales de los dirigentes que encabezan las coaliciones (salvo en el caso de los partidos religiosos, con electorado sumamente estable) hay tres circunstancias políticas que marcan el debate de la elección 2022:

  1. La seguridad siempre está en la agenda. En el último año, el tema es el tratamiento a la violencia provocada por palestinos muy jóvenes fuera de Gaza, que mantienen viva la actividad terrorista dentro de Israel en pequeñas células, muy difíciles de detectar, usando cada vez más frecuentemente armas de fuego, tanto en ciudades importantes del país (Jerusalem en la zona este, Beer Sheva, Bnei Brak,Tel-Aviv, etc) como en los territorios de Yehuda y Shomrom. Fuera de Gaza, Jenin, Nablus y otros centros de población en Cisjordania se han convertido en semilleros terroristas de altísima peligrosidad. Netanyahu afirma que la política de concesiones a los árabes palestinos y la falta de apoyo a los habitantes judíos que desarrollan los ishuvim o construyen viviendas nuevas en los asentamientos de Yehuda y Shomrom son la causa del resurgimiento del terrorismo. Este fenómeno altamente conflictivo dentro de Israel (y en la relación con los EE.UU) ha impulsado el crecimiento de dos líderes políticos de ultraderecha nacionalista (Ben Gvir y Smotrich) que prometen apoyo incondicional al desarrollo poblacional en los territorios en disputa, rechazan de plano la creación de un Estado Palestino y reclaman «mano dura». El aumento de su bancada aseguraría la formación de la nueva coalición de derecha.
  2. Un acuerdo con el Líbano promovido por los EE.UU., sobre la definición de los límites de aguas territoriales en una zona económicamente muy rica en gas en el mar mediterráneo, está a punto de firmarse luego de su aprobación por mayoría del gabinete. Netanyahu acusa al gobierno de Lapid de avanzar en este tratado en los últimos días de un gobierno que finaliza entregando riqueza y soberanía territorial a un país dominado por Hezbollah, y sin pasar por el parlamento.
  3. La guerra en Ucrania, y aumento de la carestía de la vida agravado especialmente desde la invasión rusa, está afectando muy seriamente a los sectores populares. Si bien es cierto que el nivel de vida de gran parte de la población ha aumentado significativamente con el crecimiento del PBI, también crecieron en los últimos años la desigualdad y la desprotección de quienes no alcanzan a pagar su vivienda, no logran solventar gastos fundamentales,
    sufren de pérdida de beneficios en la atención de la salud pues no pueden afrontar pagos extraordinarios sobre el servicio público. El apoyo a Ucrania en la guerra ha sido más que cauteloso, dado que Rusia ha tenido un prolongado entendimiento estratégico con Israel en muchos temas, no siendo el menor el de la frontera con Siria. También aquí se tensa la relación política con los Estados Unidos, donde el crecimiento de la judeofobia, el antisemitismo y el antisionismo, tanto en los sectores populares como en los campus universitarios, preocupa y mucho.

El 80% de la gente ya decidió su voto, pero el 20% restante inclinará a balanza decisivamente y ninguna solución parece fácil. Claro, en Israel nunca ha sido fácil. Pero creo que las opciones están claras: 1. Surge apoyo para un gobierno fuerte de derecha que polarizará a la sociedad israelí y tensará aún más el vínculo con la principal potencia aliada o 2. la vuelta a una peligrosa inestabilidad parlamentaria sin mayoría de partido, ni líder ni proyecto. La tercera, hoy improbable pero nunca imposible, es un gobierno de unidad nacional liderado por Netanyahu y que incorpore a la derecha de Smotrich y Ben Gvir, pero también al centrista Gantz, y al sesgo de izquierda de Lapid. La moneda está en el aire, y las campañas se ponen cada vez más agresivas (y divertidas).

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