De caras, máscaras y tapabocas. Por Lic. Patricia Dina Kossoy

Algunos nos hemos dado cuenta y otros todavía no: si bien es algo sabido que los barbijos o los tapabocas sirven para reducir la propagación del coronavirus y son recomendables para no contagiarnos, los barbijos cumplen con otra función, sumamente interesante y de la cual nos hemos ocupado poco, que es la de ser una máscara o una careta, que en muchos casos nos impiden sentir, ver, escuchar y entender al otro en su totalidad. Los barbijos nos ayudan a pasar desapercibidos. Nos ayudan a escondernos. Nos ayudan a disimular expresiones y gestos.


Al funcionar como barrera para contener el virus, y al ser recomendables para evitar contagios, se han convertido de a poco en inseparables compañeros cotidianos, y si bien al principio costó adaptarse y acostumbrarse a ellos, poco a poco los fuimos incorporando a nuestra vida y hoy son tan imprescindibles como las llaves de casa o el celular. Pero la cuestión es que para algunos también se han convertido en aliados excelentes para esconderse, ocultarse y pasar desapercibidos de miradas ajenas o incómodas. Enmascaran y camuflan, como cualquier antifaz o disfraz, una expresión, un gesto, una sonrisa, una mueca de disgusto. Ayudan a escapar del ojo crítico del otro, de la observación minuciosa que el otro hace de mí. Con el tapabocas impongo una barrera, marco una distancia, coloco un muro. Surge un obstáculo que me impide acercarme al otro como lo hacía antes de la pandemia.


La fiesta de Purim se acerca y otra vez recordaremos que la reina Esther, en un principio, y siendo judía, ocultó su religión. Hasta que decide confesarle su judaísmo a su esposo, el rey Ajashverosh, sacarse la máscara, y defender a todo su pueblo. Por eso en nuestros días y después de tantos años, festejamos con alegría, y nos disfrazamos, con caretas, máscaras o cualquier ropa, para divertirnos y convertirnos en otro, escondernos detrás de algo que nos cubra los gestos y la expresión, aunque sea un rato o una noche.


Retomando el tema del barbijo y de nuestra actualidad, me animaría a decir que después de casi un año de su uso obligatorio, si se acabara la pandemia y pudiéramos dejar de usarlo, más de uno de nosotros lo seguiría utilizando como máscara, para resguardarse y protegerse del mundo circundante, que a veces se presenta tan amenazante.

Por Lic. Patricia Dina Kossoy

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