Elucubraciones de “JudeA”- Donde ocurrió el milagro: allí o aquí

Estimados iluminados lectores, en los días de Janucá nuestro irregular contacto debería adquirir un sesgo muy especial, el recordar como los macabeos se enfrentaron a poder de Edom (Roma) y lo vencieron restaurando el Beit Hamikdash, pero en cambio me tengo que referir a como, lentamente en muchos casos y rápidamente en otros, estamos inmersos en un proceso que no sólo nos asimila al medio ambiente sino que, al entender de este jubilado de Abasto, potencian las diferencias entre los miembros del Am Israel mientas que afirmamos querer mantenernos unidos.
La Roiter, cansada de ocho meses de encierro – sólo hemos roto la cuarentena para ir al médico, hacernos estudios o pasar por la sucursal bancaria – ya que nuestra ayudanta es la que nos realiza todas las compras y gestiones, decidió aceptar la invitación de Sheila de ir el pasado domingo a su casa a tomar el té con otras conocidas.
Sheila vive en una de esas casas cercanas a Naón y Pampa, la que tiene un  amplio y hermoso jardín en donde, según le habían explicado a la Roiter, tomarían el té respetando las disposiciones del distanciamiento social vigente.
Uber mediante, mi esposa muy entusiasmada se fue a la casa de Sheila mientras yo me quedé disfrutando de la siesta dominguera. Cuando volvió, a eso de las siete de la tarde, su humor no era del todo agradable, y cuando le pregunté qué pasó, me contestó ‘mejor no te cuento’, que luego de tantas décadas de vivir juntos significaba, cuando me calme te lo digo.
Me lo contó mientras yo, cenaba unas empanadas lácteas y la Roiter sólo tomaba un café porque decía sentirse muy llena después de haber comido facturas alemanas y esa torta negra tan tradicional de los Yekes.
Una de las amigas contó que su nieta está saliendo con un chico que usa kipá y en el cinturón se anuda los tzitzit, y otra opinó que la cantidad de jóvenes que se han vuelto datim no termina de sorprenderla, la Roiter dijo que en Eretz parece que pasa  lo contrario, y se refirió al vídeo que, hace unos días, se difundió en nuestra Fan Page de Facebook (Revista La Luz), el de un kol bo (supermercado) israelí, donde las figuras de Papá Noel o Santa Claus llenaban las góndolas, evidentemente promocionando las ventas de Navidad.
Ruty, que hace un par de años se jubiló después de trabajar varias décadas en uno de los principales shules porteños, le dijo que era consecuencia de la inmigración rusa, a lo que Jaike, que tiene varios hijos viviendo en Eretz preguntó cómo influirá en la sociedad israelí la alía etíope, lo que derivó en una serie de chistes y anécdotas, según la Roiter, bastante discriminatorios sobre los diversos grupos de olim que, en los 72 años, llegaron a Israel desde los diversos confines de la diáspora.
Mi esposa me dijo que estaba bastante molesta, pero se la tenía que aguantar porque el Uber la iba a pasar a buscar a las seis y media y recién eran las cinco pasadas, hasta que lo que contó Yamila la obligó a intervenir y se generó una discusión muy desagradable.
Esa señora, que tiene un nombre muy moderno, pero que ya pasó los ’80 y forma parte de más de una decena de instituciones, contó que la invitaron a integrarse al grupo de judíos que apoya a una serie de pequeñas organizaciones barriales que ayudan a personas afectadas por la pandemia, y que el jueves anterior asistió por primera vez a una reunión con el resto de los integrantes, que se hizo en una institución judía, que era la que le daba el marco institucional a la labor que el grupo realizaba, y que como la reunión era al atardecer además de gaseosas había dos bandejas de empanadas, para que los judíos miembros del grupo comieran mientras que el funcionario explicaba quiénes eran los destinatarios de la ayuda.


Los comentarios de las amigas de la Roiter eran muy positivos a la obra caritativa que ese grupo realiza, hasta que Yamila les dijo que se había tentado con las empanadas y agarró una al morderla se dio cuenta que era de jamón y queso, y que no la comió porque si bien no respeta la cashrut, cerdo y mariscos no come.


Según la Roiter las reacciones fueron de las más diversas: Jaike y ella se asombraron que eso pasara en una institución judía; Ruty consideró que es el resultado de la pérdida de los valores judaicos; Sheila que era un hecho anecdótico pues la mayoría de los judíos no son religiosos y recordó que su padre le contaba que en Villa Crespo había un Shule muy importante que en Iom Kipur hacía una excursión con sus alumnos y lererkes (maestros).


Jana, la esposa de un ex directivo de un club de fútbol, les dijo a todas que ellos nunca habían ido a un club de la comunidad, ni sus hijos a una escuela judía y siempre comieron jamón, chorizos y morcillas, y que sus tres hijos vivían en Israel, habían hecho el ejército y que cuando podía hacían un asado con carne que le compraban a los árabes, mientras que uno de sus primos que vivía en Beit Shemesh cumplía con todas las mitzvot pero no cantaba el Hatikva y sus hijos no hicieron el ejército.


Por suerte, me dijo la Roiter, llegó el Uber y ella se fue, mientras las otras seguían discutiendo, pero se quedó con mucha bronca y recién después de un par de horas me lo podía contar.


No soy ni un filósofo ni un historiador, tan sólo un jubilado de Abasto y un jugador de ajedrez fracasado, por lo tanto sólo puedo decir lo que aprendí de lo que leí y conversé con gente que sabe: que a lo largo de nuestra milenaria historia además de las persecuciones, las vejaciones y las segregaciones externas que padecimos siempre existieron divisiones y enfrentamientos internos.
Unos dicen que es una “grieta” que se está profundizando mientras que otros hablan de que debemos mantenernos unidos, pero sin explicar qué se debe hacer para eliminar esa “grieta”.
Janucá tiene varias tradiciones, una de ellas es jugar con el dreydl o sevivón (palabras en idish y hebreo respectivamente) que es una perinola de cuatro caras en las que, en las que en cada una  figura una letra hebrea: nun, guimel, hei y shin, que son las iniciales de las palabras hebreas que forman la frase “un gran milagro ocurrió allí”, que en Israel en lugar de la shin utilizan la pe, quedando la frase de la siguiente manera “un gran milagro ocurrió aquí”.


Mientras escuchaba lo que me contaba la Roiter me preguntaba con cuál de las dos perinolas nos correspondería jugar en nuestra comunidad, pero intentar dilucidarlo deberá ser motivo de una próxima elucubración.

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